1/2/16

Resistencia, autonomía y guerra de baja intensidad. Niños y niñas en territorio zapatista.


Angélica Rico Montoya.
Pozol Colectivo 01/02/2016

La guerra vista y sentida por los niños de la Selva Lacandona.

A pesar de que las familias zapatistas y no zapatistas se desenvuelven en el mismo contexto y comparten la misma cosmovisión tseltal, el compromiso político de dichas familias y la cultura de sus grupos de referencia son determinantes no sólo para dar sentido a sus acciones, sino además para entender su percepción de la guerra y de las relaciones con el poder del Estado. Por lo tanto, los niños zapatistas
y no zapatistas, aunque comparten el mismo contexto, tienen particularidades y formas de socialización diferentes.

Para los niños no zapatistas la guerra es evidente cuando hay bombardeos o enfrentamientos armados como en 1994. Como lo expresan los siguientes testimonios:

—La guerra es cuando echan bomba (Ramón, 9 años).
—En el 94 hubo guerra y muchos muertos (Lorena, 11 años).
—La guerra es entre soldados y zapatistas, no con nosotros (Domingo, 10 años).
—Mi papá dice que cuando empiecen los balazos los soldados van a matar a los zapatistas (Evaristo, 10 años).
—Mi papá dice que si empieza la guerra nosotros nos vamos de la comunidad
(Jorge, 11 años).

Parece que para estos niños en este momento, no hay guerra, están tranquilos, aunque los soldados estén en su comunidad y los revisen en el retén militar. Sin embargo, para los niños zapatistas la guerra es visible en la cotidianidad de los hostigamientos, con la revisión en los retenes, los sobrevuelos, los perros de caza, la amenaza constante de los paramilitares, los desplazados y asesinados, así como con los programas del gobierno oficial que buscan dividirlos y desmoralizarlos, como se observa en los testimonios de los niños de las familias zapatistas:

—La guerra es cuando matan a nuestros papás (Petrona, 8 años).
—Guerra es que tengamos que escondernos en la montaña (María, 11 años).
—La única solución es responder la guerra (Sebastián, 9 años).
—Guerra es tener que apagar las luces y no hacer ruido cuando llegan los
Chinchulines (Pedro, 11 años).
—Después de la guerra va a venir la libertad (Miguel, 11 años).
—La guerra del gobierno es muerte, la de nosotros es para vivir mejor (Beto,
11 años).
—Guerra es que los guachos suelten a los perros para que nos muerdan (José,
9 años).
—Guerra es que nos revisen en el retén y que nos digan cosas feas cuando
pasamos (Julia 12, años).

Mientras los niños zapatistas sienten miedo por un objeto amenazador conocido
–retén, soldados, paramilitares, vuelos rasantes, etcétera–, los niños no zapatistas de la misma comunidad perciben cierta ansiedad, es decir, una emoción frente a una amenaza indefinida, ante un objeto cuyas características no son bien conocidas, que perciben como “la guerra entre zapatistas y el ejército federal”. La información que reciben los dos grupos y los espacios que tienen para expresar sus miedos y sentimientos marcan diferencias en sus actitudes y testimonios.

La diferencia en el impacto de las acciones bélicas sobre los niños es determinada por la cercanía a las zonas más o menos conflictivas, también aunque vivan en la misma zona, las percepciones de los niños cambian dependiendo del grupo de referencia del que forman parte. Si los zapatistas son el blanco en la guerra de baja intensidad, sus niños están percibiendo las agresiones de una manera muy directa, debido a que la guerra de baja intensidad no busca acabar con los combatientes, sino con los posibles adversarios, motivo por el que los niños no zapatistas parecen no darse cuenta de este contexto. En los pequeños zapatistas se percibe miedo por un objeto amenazador conocido como el retén, los soldados, paramilitares. Mientras ante el miedo pueden darse conductas de evitación o prevención que lo mitigan, es decir, conductas activas que no permiten superarlo –sino al menos afrontarlo–, la ansiedad provoca una alteración del ánimo cuya permanencia degenera en tensiones paralizadoras.

Ante los ataques y agresiones, el impacto es menor para los niños si las familias reaccionan con serenidad. La presencia de la familia y la comunidad organizada son garantías de seguridad para los niños zapatistas; debido a que el conocimiento de las bases rebeldes con respecto a la guerra de baja intensidad y su compromiso político, les ha permitido crear en torno a los niños espacios de reflexión, como la escuela autónoma, las asambleas comunitarias o las fiestas zapatistas. En esos espacios los pequeños pueden escuchar por qué están luchando sus padres y abuelos, preguntar sus dudas en un ambiente propicio, decir lo que sienten desde una distancia relativamente segura, aunque esto no significa que los efectos de la guerra no les causen miedo. Por ejemplo, los niños zapatistas expresan en sus dibujos y testimonios lo que evocan para ellos los retenes del ejército federal.

El retén militar

El llamado “retén militar” por parte de los niños se asocia con la presencia de un cuartel con pista de aterrizaje, de barracas, donde viven los soldados, de puestos de control y revisión. Alrededor del retén hay negocios clandestinos donde se vende alcohol y droga, mientras que algunas casas alquilan cuartos para turistas que llegan a pasear a la cascada, otras son casas de prostitución administradas por gente ajena a la comunidad.

—Los guachos viven ahí, ahí lavan, se bañan, juegan cartas (Rolando, 11 años).
—Todas las noches ponen música, se ponen bien bolos –borrachos–; mi papá apaga la luz para que no sepan que estamos despiertos y quieran molestarnos (Pati, 9 años).
—Cuando paso con mis hermanas y los soldados se están bañando nos gritan para que los veamos, nos invitan a bañarnos con ellos […] nosotras corremos (Leticia, 12 años).
—Traen a sus mujeres, son como sus esposas pero cada semana cambian (Rosa,
12 años)…

A pesar de que para muchos niños el retén y los camiones militares forman parte del paisaje de su comunidad, son un referente de agresión al que no pueden acostumbrarse.

—Yo estaba muy chiquito, pero me acuerdo que para ir a la milpa teníamos que caminar mucho por un camino largo de tierra blanca, finita […] y los soldados ya estaban ahí, apuntando con sus armas (Rolando, 11 años).
—Cada mes cambia la tropa, llegan un chingo de camiones llenos de soldados, cuando pasan mi hermanito Milo se asusta y se esconde en la leña (Josué, 9 años).
—Los camiones son grandes, tienen sus armas, nos apuntan cuando estamos jugando, nosotros nos tiramos en la carretera o les apuntamos con unos palos (Beto, 11 años).

Paramilitares en el imaginario de los niños

Posiblemente la táctica paramilitar ha sido una de las más efectivas en Chiapas porque al utilizar no sólo ataques militares sino psicológicos genera terror en la población, resquebrajando el tejido social y los lazos familiares. La formación de grupos paramilitares en la región desde hace más de una década es fomentada por el ejército federal y grupos de poder local de manera clandestina (Frayba; CAPISE).

Los testimonios de los niños sobre los paramilitares denotan mucho miedo, incluso tal vez más del que pueden tenerle a los soldados federales. Para los niños todos los paramilitares son llamados “chinchulines” aunque el grupo paramilitar presente en la zona no es el de Chinchulines sino el Movimiento Indígena Revolucionario Antizapatista (MIRA), cuyo brazo político priísta es la Organización para la Defensa de los Derechos Indígenas y Campesinos (OPDDIC), que surge en 1998 en Las Cañadas bajo el liderazgo de Pedro Chulín, ejidatario tseltal originario de Taniperla que ha sido diputado local oficialista.

—Los chinchulines mataron a mi papá, empezamos a oír ruidos como wamal chitam [jabalí], mi papá me dijo que cuidara a mi mamá, que no saliéramos, se oyeron balazos y después risas, gritos. Parecía que estaban bien bolos
(María, 11 años).
—Me contó José, un chamaquito de la Siria, que a su tío también lo mataron los chinchulines, se fue a la milpa y ya no regresó, lo encontraron sin cabeza en la parcela (Julio, 12 años).
—Ellos no son como los guachos, también tienen armas, pero ellos sí conocen la montaña, saben dónde esconderse, cazar animales y así crudos se los comen, por eso pueden imitar los sonidos de la selva cuando matan (Pancho, 11 años).
—Una vez con mi mamá encontramos la cabeza de un niño en un palo, en nuestra milpa, yo me asusté mucho, todas las noches lo soñaba, me tuvieron que curar de espanto. Nunca se supo quién era ese niño pero mi abuelito decía que fueron los del MIRA, los antizapatistas que quieren asustarnos (Victoria, 11 años).
—Los chinchulines son traicioneros, no matan de frente, te agarran en emboscadas o matan niños y mujeres, mi primo se hizo paramilitar y dice que va a matar a todos los zapatistas (Beto, 9 años).
—El hijo de mi tía también se fue con los antizapatistas, dice que ahí sí hay dinero y que pueden tomar trago (Gabriel, 11 años)…

Retomado del texto: Luchas “muy otras”.
Zapatismo y autonomía en las comunidades indígenas de Chiapas

Bruno Baronnet
Mariana Mora Bayo
Richard Stahler-Sholk

Primera edición: marzo de 2011

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31/1/16

Murià reivindica "los enormes méritos de algunos mexicanos" en favor de los exiliados

· El historiador dedica un libro a contar las acciones aisladas que salvaron a miles de españoles.
· “Se habla del Sinaia, pero no del pobre que hizo las diligencias para conseguir la lana”, apunta.

El Sinaia

Ericka Montaño Garfias
La Jornada 31.01.2016

Se han escrito miles de páginas de las aportaciones que el exilio español trajo a México, pero pocas son las que hablan de lo que México hizo para traer a esos miles de refugiados al país, como contratar embarcaciones, mover la embajada de México de Vichy a Montauban para ayudar al presidente español Manuel Azaña, tomar una bandera y con ella en mano abrir paso para que un refugiado catalán subiera a un barco. Todas esas acciones hablan de la grandeza de los mexicanos, pero son poco conocidas tanto en México como en España, dice el historiador José María Murià, autor de El exilio del pensamiento y otros textos.

El libro, publicado por el Instituto Nacional de Antropología e Historia-Jalisco, reúne artículos y conferencias ofrecidas por el autor, integrante de la Academia Mexicana de la Historia. Soy historiador, dice en entrevista el también colaborador de La Jornada. “Con el tiempo me dediqué a la historia de Jalisco, pero por azares del destino empecé a entrar en contacto con los catalanes y con los españoles de hoy, y me di cuenta de la ignorancia tan absoluta que tenían respecto de lo que deberíamos llamar los enormes méritos de algunos mexicanos en favor de ellos. Un poco con la sensación de que dices: ‘aquí hay una factura que España no ha pagado o que debe’, a lo mejor no es para que la pague pero al menos que sepan que la deben”.

Quizá lo ignoran porque vivieron una dictadura que les ocultó lo que le dio la gana, añade. Sí fue una migración de lujo la que llegó a México, pero también están aquellos que lograron sacarlos y traerlos al país.

Procuro dar a conocer figuras como Gilberto Bosques, Luis Rodríguez, Narciso Bassols, cuyas acciones tienen un valor inconmensurable y son de las grandes hazañas de la humanidad hechas por unos cuantos mexicanos.

Miles se salvaron gracias al trabajo de los mexicanos. Uno de ellos fue el padre del historiador, con quien comparte el mismo nombre: José María Murià, refugiado catalán, quien logró subir al barco Mariscal Lyautey gracias a Gilberto Bosques, cónsul de México en Francia. “Bosques primero le dijo que tenía que quedarse en una barraca que usaba el consulado como bodeguita o pequeña oficina en el muelle de Marsella. Le dijo: ‘No se va a poder ir; métase a la barraca a ver qué hacemos con usted después, a ver cómo lo saco de aquí’. Mi madre y mi hermano ya estaban en el barco. A última hora se presentó Bosques, agarró una bandera mexicana y con ella en mano se abrió paso entre la multitud. Mi padre fue el último en subir”. Era el 14 de abril de 1942. El barco los llevó a Casablanca y después viajaron a México en el Niasa. Llegaron a Veracruz en mayo de ese año. 

Otra historia conocida en parte es la del embajador Luis Rodríguez, quien movió la sede de la embajada de Vichy a Montauban para tratar de sacar de Francia al presidente español Manuel Azaña. Instaló la embajada en un hotel, donde alquiló cinco habitaciones, en una de las cuales murió Azaña. Falleció en territorio mexicano.

La historia es esta: debido a su mal estado de salud, el presidente Azaña no pudo trasladarse a Vichy para recibir ayuda. Rodríguez le llevó la embajada a Montauban para protegerlo. Fue por él a su casa y lo trasladó al hotel; al bajarse del coche “se les atraviesa el pistolero Pedro Urraca, con dos ayudantes, y en un gesto típico de los policías se lleva la mano a la pistola y le dijo al embajador: ‘A este señor nos lo vamos a llevar’”. 

La respuesta oficial, según el informe que hizo el embajador Rodríguez, es que logró convencer a Urraca de que se retirara y dejara en paz al presidente. “La respuesta verdadera, que es prácticamente desconocida, me la contó de viva voz el tercer secretario, Alfonso Castro Valle, que luego fue embajador de México. 

José M. Murià
Foto José Antonio López
“Le hice un libro de historia oral y después de la presentación ofreció una recepción en su casa. Al despedirme de él me dijo que no me fuera. ‘Tengo que hablar con usted’. Comenzó medio a correr a la gente, nos metimos a la sala como a las 2 de la mañana. Me dijo: ‘Le voy a decir algo que juré nunca decir; creo que ya debo hacerlo, no lo puse en el libro porque empeñé mi palabra en que no lo diría, pero ya usted ha tomado sus tequilas y yo mis wikis y además se tiene que decir, porque quien me lo pidió ya murió’, o sea Rodríguez. Lo que en realidad pasó es lo siguiente: 

El español (Urraca) enseñó su pistola. En respuesta, el señor embajador de México sacó su pistola. Tres segundos después el agregado militar también sacó la 45 reglamentaria que llevaba. El agregado militar (Antonio Haro Oliva) sí tenía derecho a llevar la pistola, pero el embajador no, por eso le hizo jurar a Castro Valle que nunca diría que había echado mano de la fusca para defender a Azaña. Eso fue el 15 de septiembre de 1940.

La versión se la confirmó después Haro Oliva, ya como coronel. Sí, saqué la pistola porque el embajador sacó la suya primero.

Un espectáculo ridículo y solemne

Otra pequeña historia: los policías españoles hicieron otro intento por llevarse a Azaña. En la madrugada, el militar mexicano escuchó ruido. “Dice que estaba en la habitación; oyó ruidos, se imaginó que algo pasaba. Estaba en ropa interior y agarró su arma de nuevo; al salir se vio en el espejo que estaba colocado en la puerta: ‘Y me vi en calzones, y con la pistola en la mano. Me pareció que era bastante ridículo el espectáculo y para darle solemnidad, ¿sabe qué hice? Me puse la gorra de capitán’. Se les apareció en la parte alta de la escalera en calzones con gorra militar y pistola en la mano, una escuadra 45, y pues salieron corriendo”. 

Los representantes mexicanos no pudieron sacar a Manuel Azaña de Francia. El presidente falleció en noviembre. En el balcón de su habitación, que no es donde se encuentra la placa que dice que ahí murió, estaba colocada con alambres la bandera de México. O sea que el presidente de la República española murió en una habitación que es oficialmente territorio mexicano con la bandera mexicana en el balcón. Su féretro fue cubierto con la bandera mexicana. “Llegan al panteón, abren el féretro, encima del cuerpo venía la bandera republicana española y permutan: doblan la bandera mexicana, se la ponen en el cuerpo del presidente Azaña y le dan al embajador Rodríguez la bandera republicana. Con esa bandera enterraron al embajador en 1973 en el Panteón Español de la Ciudad de México.

Una de las sorpresas que me llevo cuando hablo de todo es que me doy cuenta de que los mexicanos tampoco lo sabemos, a pesar de que el exilio español es un tema que se conoce.

–¿Será que no se conocen todas estas pequeñas historias de lo que hicieron los mexicanos por los refugiados, porque de cierta forma se quedan opacadas por el nombre de Lázaro Cárdenas?

–Claro. Lázaro Cárdenas manda un telegrama a principios de julio que le dice a Rodríguez que haga lo que pueda para ayudarlos. Lo demás lo organiza Rodríguez; Narciso Bassols logra fletar tres barcos. Se habla mucho del Sinaia, que nos trajo un montón de intelectuales, pero del pobre que hizo todas las diligencias para conseguir la lana nadie habla. Tres barcos mandó Bassols por sus propias gestiones sin pedir permiso a nadie. El presidente dio las instrucciones generales y en muchos casos se la rifaron: Bosques, por ejemplo, se fue un año como prisionero de los alemanes; su historia es fascinante.

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