5/10/14

Páginas sobre la lengua madre, las historias sin palabras y la incesante traducción

John Berger / La Jornada 04/10/2014

Autorretrato

He estado escribiendo durante unos ochenta años. Primero fueron cartas, luego poemas y discursos, más tarde historias y artículos y libros. Ahora escribo notas.

La actividad de escribir ha sido vital para mí; me ayuda a buscarle sentido a lo que vivimos y continuar. Escribir, sin embargo, es el brote de algo más profundo y más vasto –nuestra relación con el lenguaje como tal. Y el sujeto de estas cuantas notas es el lenguaje.

Comencemos por examinar la actividad de traducción de un lenguaje a otro. Casi todas las traducciones de hoy son tecnológicas, pero yo me estoy refiriendo a las traducciones literarias. La traducción de textos cuyo corazón es la experiencia individual.

La visión convencional de lo que esto implica propone que el traductor o traductores estudien las palabras de una página en cierto lenguaje y las entreguen en otra página, con otro lenguaje. Esto implica la llamada traducción palabra por palabra, y después una adaptación para respetar e incorporar la tradición y las reglas de la lingüística del segundo lenguaje, para finalmente volver a amasar el resultado hasta recrear el equivalente a la voz del texto original. Muchas traducciones, tal vez la mayoría, siguen este procedimiento y los resultados son valiosos pero de segunda categoría.

Por qué. Porque la verdadera traducción no es un asunto binario entre dos lenguajes, sino un encuentro triangular. El tercer punto del triángulo es lo que yace tras las palabras del texto original antes de haberse escrito. La verdadera traducción exige un retorno a lo pre-verbal.

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Uno lee y relee las palabras del texto original de modo de penetrarlas hasta alcanzar, para tocar, la visión o la experiencia que las provocaron. Uno luego rejunta lo que descubrió ahí y lleva esta cosa titilante, casi ausente de palabras, y la sitúa tras el lenguaje al que necesitamos traducirla. Y entonces nuestra mayor tarea es persuadir a esta lengua huésped que la tome, que reciba esta cosa que espera ser articulada.

Una lengua no puede reducirse a un diccionario o a un acumulado de palabras y frases. No podemos tampoco reducirla al depósito de obras escritas en ésta.

Una lengua hablada es un cuerpo, una criatura viva, cuya fisonomía es verbal y cuyas funciones viscerales son lingüísticas. Y el hogar de esta criatura es lo inarticulado y también lo que es nos es dable articular.

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Consideremos el término lengua materna. En ruso el término es rodnoi-yazyk, que significa la lengua más amada o cercana. En un chispazo podríamos llamarla nuestra amante lengua.

La lengua materna es nuestra primera lengua, escuchada por vez primera cuando éramos infantes, de la boca de nuestra madre. De aquí la lógica del término.

Y lo menciono ahora porque esa lengua (que es criatura e intento describir) es sin duda femenina. Me imagino su centro como un útero fonético.

En el interior de una lengua materna, están todas las lenguas maternas. O para ponerlo de otro modo –toda lengua materna es universal.

De un modo brillante Chomsky demostró que todos los lenguajes, no sólo los verbales –tienen ciertas estructuras y procedimientos en común. Y entonces una lengua materna está relacionada (rima) con las lenguas no verbales –como son los signos, la conducta o el despliegue espacial.

Cuando dibujo, trato de desmadejar y transcribir unas apariencias que conforman un texto, que ya de por si tiene, lo sé, su indescifrable pero seguro sitio en mi lengua materna.

Las palabras, los términos, las frases, pueden separarse de la criatura que es su lengua y pueden utilizarse como meras etiquetas. Se convierten entonces en algo inerte y vacío. El uso repetitivo de siglas y acrónimos es un ejemplo directo. La mayor parte del discurso político dominante de hoy está compuesto de palabras que, escindidas de su lengua, son inertes y muertas. Y este trafique con palabras muertas borronea la memoria y alimenta una inexorable complacencia.

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A lo largo de los años, lo que me ha impulsado a escribir es la urgencia íntima de que algo necesita decirse y de que si no lo digo yo, existe el riesgo de no ser relatado. Me pienso más como un hombre que quiere cerrar huecos y no como un escritor profesional de trascendencia.

Tras escribir unas cuantas líneas, dejo que las palabras se deslicen de regreso al interior de la criatura que es su lengua madre. Y ahí, son de inmediato reconocidas y recibidas por el abrazo de otras palabras con las que tienen afinidad de significado, o de oposición, o de metáfora o aliteración o ritmo. Escucho su confabulación. Juntas cuestionan el uso que le destiné a las palabras que escogí. Cuestionan los roles que les asigné.

Así que modifico las frases, cambio una o dos, y las someto de nuevo a la discusión. Comienza entonces otra confabulación.

Y así sigue hasta que hay ahí un ligero murmullo de consenso provisional. Procedo entonces con el siguiente fragmento.

Y otra confabulación comienza.

Que otros me sitúen como escritor, o como quieran. Yo para mí soy el hijo de la fregada –y seguro pueden adivinar quién es la fregada, ¿no?

John Berger en San Cristóbal de las
Casas,en 2007Foto Víctor Camacho
La vigilancia

Muchísima gente tiene sus bares favoritos adonde le gusta encontrarse con los amigos y compartir un trago. Yo prefiero beber con mis amigos en casa. Pero sí tengo mis albercas públicas adonde voy a nadar para arriba y para abajo, a mi propio paso, cruzándome con otras personas nadadoras a las que no conozco, aunque intercambiemos miradas de reojo y, en ocasiones, sonrisas.

Estas albercas no tienen nada en común con las piscinas privadas de los pudientes, o con las lujosas piscinas de los muy ricos, ésos que hoy catastróficamente están acaparando el futuro del mismo planeta donde vivimos.

En las albercas públicas el uso de las gorras de baño es obligatorio. Como también lo es la ducha con shampú antes de lanzarse al agua (o de bajar a ella por la escala esquinada). Me lanzo y conforme nado mis primeras brazadas bajo el agua tengo la sensación de que entré en otra escala temporal, una sensación semejante a la que podría tener un niño en su casa cuando decide deambular de un piso al otro.

Los nadadores compartimos una suerte de anonimato igualitario, sin zapatos ni seña alguna de rango: tan sólo nuestros trajes de baño. Si por accidente tocas a alguien mientras nadas, al pasar junto a ella o él ofreces una disculpa. La ilimitada crueldad hacia otros como nosotros, la crueldad de la que somos capaces cuando nos indoctrinan y reglamentan, es difícil de imaginar aquí, conforme giras para nadar tu vigésima vuelta.

Las paredes exteriores y el techo plano de la alberca municipal son de vidrio. Así que desde el agua puedo ver los edificios circundantes y el cielo. Hacia el oeste hay una pendiente de pasto y al tope crece un arce plateado. Observo este árbol mientras nado de costado.

El conjunto del árbol con sus muchas ramas ascendentes semeja la forma de cualquiera de sus hojas. La hoja de arce, de maple, tiene forma pinada –reminiscente de las plumas (el término en latín para pluma es pinna). El envés de la hoja es verde ensalada, y su reverso es del color de una plata verdosa. El destino inscrito del arce es ser pinado.

Decido dibujarlo tan pronto salga de la alberca: un bosquejo del árbol completo y en la misma página un acercamiento a una de sus hojas. Así, me digo a mí mismo todavía nadando, de algún modo el dibujo hará referencia al código genético del arce. Será una especie de texto acerca del árbol conocido como arce plateado.

Tales textos pertenecen a un lenguaje sin palabras que hemos estado leyendo desde la temprana infancia, pero que no podemos nombrar.

dibujo del arce plateado

Más tarde nado de espaldas y miro al cielo a través del techo de vidrio con sus marcos. Un vívido azul con nubes blancas en forma de cirros que se hallan, diría yo, a una altura de 5 mil metros. (El latín para rizo es cirrus.) Los rizos varían lentamente, se juntan y separan en tanto las nubes derivan en el viento. Puedo medir su deriva gracias al marco del techo. De otro modo sería muy difícil notarla.

El movimiento de los rizos proviene aparentemente del interior del cuerpo de cada nube y no de una presión aplicada desde fuera; me hace pensar en los movimientos de un cuerpo dormido.

Es probable que por eso es que dejo de nadar y me pongo las manos en la nuca y floto. Mis dedos gordos de los pies sobresalen apenas de la superficie. El agua me sostiene.

Mientras más tiempo miro los rizos más pienso en historias sin palabras. Historias sin palabras –como las historias que podrían relatar unos dedos. Aquí, en realidad, historias narradas por minúsculos cristales de hielo en el silencio del cielo azul.

dibujo de los cirros

Ayer leí en la prensa que veinte palestinos fueron volados en pedazos en su propio hogar en Gaza, que Estados Unidos ha enviado en secreto trescientas tropas o más a Irak para defender los intereses de las refinerías de crudo; que James Foley, un periodista estadunidense que era mantenido como rehén por los ISIS, fue filmado durante el ritual en que lo ejecutaron por decapitación, y que 35 migrantes ilegales de India, hombres, mujeres y niños, fueron encontrados al borde de la asfixia en un contenedor dentro de un carguero que acababa de cruzar el Mar del Norte rumbo a los muelles de Londres.

Los cirros derivan hacia el norte, hacia el extremo más profundo de la alberca. Yo floto de espaldas, inmóvil. Observo las nubes y trazo con los ojos el mapa, el diseño, de sus ondulaciones.

Entonces la confirmación que ofrece la vista cambia. Me lleva tiempo entender cómo. Lentamente el cambio se hace evidente y la confirmación que recibo se vuelve más profunda. Los rizos de los cirros blancos observan a un hombre que flota de espaldas con sus manos en la nuca. Ya no los observo yo. Ellos me observan a mí.

Revisemos los detalles de las marchas contra el nuevo Orden Mundial en próximas fechas...

Traducción: Ramón Vera Herrera

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